Su discurso pictórico, con humor y poesía, exalta el gran dominio del dibujo y revela a un colorista sutil, empleando la valoración de los tonos para rimar la superficie y vigorizar la distribución estructural.
Así ha construido y sigue construyendo los espacios, según la “geometría sensible” latinoamericana, ensamblando, en unidad poderosa, divisiones y fragmentos, perfectos en sus interrelaciones y proporciones respectivas. A través de recuadros irregulares, él edifica su imagen y propone la primera visión. Descifrable está fuera de toda significación o resucitando muros y monumentos pétreos de civilizaciones antiguas.
Es “una” lectura de la obra. Otras surgen – nos atrae esa riqueza polisémica – ya referidas a los signos y grafías interiores. Para llegar a la esquematización barroquizante de las figuras, susceptibles de interpretarse como huellas inscritas en la piedra o la terracota, Radhames Mejia ha estudiado culturas y artes precolombinas, africanas y quizás otras, llamadas primitivas. Tal profundización etnoantropologica, ligada a sus raíces, ha fomentado un lenguaje, que la inolvidable crítica Martha Traba calificaba de “resistencia”, pero que, en el caso del artista dominicano – ello sucede en otros de sus compatriotas – expresa la identidad personal y cultural, como afirmación positiva.
Siempre en un contexto multisecular, podríamos ver, en aquellos elementos, máscaras, calaveras y restos humanos, perfiles de una fauna mítica (como el insólito perro-ave) objetos de uso cotidiano o mágico, vestigios adrede no identificables hasta en términos de surrealidad. Pensamos entonces en la recreación de especies de necrópolis y enterramientos rituales.
Marianne de Tolentino
Miembro de la Asociación internacional de críticos de Arte.